Autor: Vicente Elías1

Los beneficios del ejercicio físico son conocidos tanto en el individuo sano (para la prevención de patologías) como en la persona que tiene una enfermedad (para mejorar el control y una mejor evolución de la enfermedad). En el caso que nos ocupa (trasplante hepático) señalaremos a lo largo del presente artículo los beneficios del ejercicio y qué y cómo debemos realizarlo tanto previamente como con posterioridad al trasplante.

Entre los beneficios del ejercicio físico tenemos el mejor control de la presión arterial, la reducción de los niveles de colesterol o un mejor control de la glucemia (niveles de glucosa en sangre). Estos beneficios hacen que disminuya claramente el riesgo de enfermedad cardiovascular.

Así mismo el ejercicio físico provoca disminución del peso a expensas de bajar la cantidad de grasa, menor riesgo de osteoporosis (pérdida de calcio y de masa ósea a nivel de todos los huesos que comporta un mayor riesgo de fracturas, ya que se vuelven más frágiles) con la disminución del riesgo de fracturas y freno de la sarcopenia (disminución de la cantidad de músculo) sobre todo en personas de avanzada edad.

Otros beneficios son las mejoras a nivel psicológico (menor estrés y ansiedad) y la disminución del riesgo de determinados tipos de cáncer (colon, pulmón, mama). En los últimos estudios se viene también observando mejoras a nivel de la función cognitiva que es la base de la actividad intelectual (en concreto, se ha visto un menor riesgo de enfermedad de Alzheimer).

El hígado presenta tres funciones principales en el organismo: ayuda a la digestión de los alimentos, almacena energía y elimina sustancias tóxicas. Por ello, es tan importante el normal funcionamiento del hígado y resulta imprescindible para la vida. De hecho, en los casos en que nuestro hígado enferma por causas que pueden ser diversas, se produce una situación denominada insuficiencia hepática, que puede ser tanto aguda como crónica, y en algunos casos, en los que la evolución no es buena, se precisa de un trasplante para poder seguir viviendo.

Previamente al trasplante, es fundamental realizar el ejercicio físico que nuestra salud nos permita, ya que este ejercicio hará que lleguemos en las mejores condiciones posibles. En algunas enfermedades el tratamiento para su control provoca efectos secundarios que podemos minimizar con el ejercicio.

Es muy común la toma de corticoides que provocan pérdida de masa ósea (osteoporosis) y el ejercicio físico es fundamental para frenar esta pérdida.

Pero hemos de tener en cuenta que no vale cualquier ejercicio para obtener este fin (por ejemplo, la natación no es el mejor). Necesitamos un ejercicio que provoque algo de impacto (saltos, correr).

Una buena calidad de la musculatura del abdomen (trabajar ejercicios de abdominales y lumbares) y la disminución de la grasa abdominal permite que, tras la cirugía por el trasplante, el riesgo de afectación de la pared abdominal (eventraciones) sea menor.

El ejercicio físico permite mantener una buena capacidad aeróbica y hay múltiples estudios que demuestran que cuando mejora la capacidad aeróbica hay una menor mortalidad.

Después del trasplante, y siempre de acuerdo con el equipo de profesionales del área de trasplante, debemos plantearnos movernos lo antes posible (caminar por los pasillos del hospital, subir y bajar escaleras con el objetivo de fortalecer la musculatura de las piernas y el resto de musculatura del organismo). La fatiga como secuela postrasplante es muy habitual y puede provocar que entremos en un círculo vicioso (a mayor fatiga menos ejercicio y el deterioro que se produce es cada día mayor como consecuencia de la falta de ejercicio y por tanto cada vez cuesta más empezar a hacer ejercicio, porque cada vez estamos más débiles). Es necesario vencer esta pereza y ponernos en manos de profesionales del ejercicio físico.

Con el postrasplante llegan las medicaciones (inmunosupresores), cuyos efectos secundarios pueden ser minimizados, como hemos comentado anteriormente, por el ejercicio físico.

Durante los primeros tres meses se debe evitar ejercicio que haga aumentar la presión abdominal (abdominales) y los ejercicios de alta intensidad (correr).

A partir de ahí debemos iniciar un programa de ejercicio que incluya:

Caminar a diario.

2-3 días semana de trabajo de fuerza.

2 días de ejercicio aeróbico (trote suave que aumentaremos progresivamente con el paso de los meses o bicicleta).

Elasticidad y propiocepción.

El trabajo de fuerza incluirá tanto fuerza de brazos como de piernas y podemos realizarlo en casa con gomas elásticas que nos permiten todo tipo de ejercicios. En cuanto a la propiocepción, se trata de la capacidad que tenemos para situarnos en el espacio y darnos cuenta de nuestra posición en todo momento; lo trabajaremos con ejercicios muy básicos a la “pata coja” (o posteriormente con tablas inestables). Los ejercicios que mejoran la propiocepción son muy importantes porque reducen el riesgo de caídas.

Es importante que, en general, el ejercicio físico forme parte de nuestra vida para evitar la enfermedad, y una vez esta aparece, minimizar su efecto y los efectos secundarios de los medicamentos.

Desde que nos diagnostican y la enfermedad va evolucionando (previamente al trasplante), y posteriormente al mismo (iniciando en el propio hospital) debemos hacer ejercicio físico (especialmente aeróbico, fuerza, elasticidad y propiocepción) y que no nos venza la pereza.

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1. Especialista en Medicina del Deporte.
Médico CTD Adarraga.
Gobierno de La Rioja.