Autor: Elena Román1

Hola, soy Elena Román. Nací hace 40 años con una poliquistosis renal autosómica recesiva. A los 32 años recibí un trasplante de un riñón de mi hermana y a los 36 fui mamá de mi hija Nina.

A día de hoy, aún sigue llamando la atención que una mujer trasplantada pueda ser madre, y por eso hoy vengo a contarte mi historia. No olvides que esta es la mía y que hay tantas historias como pacientes existen; pero ojalá esta pueda inspirar un poco a todas esas mujeres con enfermedad renal crónica (ERC) o trasplantadas que desean ser madres, pero que a día de hoy no sepan por dónde empezar y estén invadidas por el miedo. ¡Allá vamos!

La historia con mi maternidad empezó allá por 2016, cuando yo tenía 30 años. Mi función renal rondaba el 20 %, aunque completamente asintomática. Siempre que iba a consulta con mi nefrólogo llevaba una lista de preguntas que me iban asaltando en mi día a día. En aquella ocasión una de esas cuestiones era clara: «¿Voy a poder ser madre?». Mi nefrólogo por aquel entonces fue tan honesto como la situación merecía. Me explicó que en ese momento no, ya que las mujeres con enfermedad renal crónica avanzada tienen menor fertilidad porque los cambios hormonales asociados al deterioro renal pueden afectar la ovulación, y, que si se produjese la fecundación, era probable que el embarazo no llegara a término; pero recalcó dos palabras que dejaron un halo de esperanza: ahora mismo.

A pesar de que en ese momento mi instinto maternal era prácticamente inexistente, esa noticia me golpeó duro. Tenía pareja desde hacía 9 años y, aunque no en un futuro próximo, sí quería compartir con él ese momento vital; pero tenía 30 años de experiencia en consultas y decidí agarrarme a lo de siempre: el aquí y el ahora. El futuro ya se vería.

La función renal siguió disminuyendo, como ya habían pronosticado los médicos, y a los dos años (2018) llegó el trasplante. Por suerte, no llegué a pasar por diálisis. El riñón de mi hermana llegó a mí antes de que mis riñones fallasen definitivamente.

Después del impacto físico y emocional que supuso el trasplante y de esos primeros meses —años de recuperación—, cuando retomé «mi vida» (más bien mi nueva vida) y me sentí preparada, volví a hacer la pregunta en una de mis consultas: «¿Voy a poder ser madre?». Esta vez la respuesta fue muy diferente: «Sí, pero tengo que contarte todos los riesgos que tenemos y todos los que nos podemos encontrar por el camino». En los minutos siguientes se habló de preeclampsia (complicación grave del embarazo), deterioro de la función renal, rechazo del injerto, partos prematuros, mayor probabilidad de cesárea y de muchos tantos por ciento y estadísticas.

Es cierto, y os mentiría si os dijera que esto no asusta. Si ya de por sí decidir ser madre en los tiempos que corren impone por todo lo que implica, dar ese paso con todos esos «Y SIS» puede resultar abrumador; pero, como siempre en todos estos años, decidí escuchar un poco más fuerte las palabras más alentadoras que salieron de la boca de mi nefróloga aquel día: «Pero estás en el mejor momento para intentarlo y, si decides hacerlo, vamos a por ello».

Y así fue: con 35 años, una pareja desde hacía 14, una función renal «estable» y 3 años postrasplante, decidí intentarlo.

En primer lugar, y algo que diferencia el embarazo de una trasplantada del de una mujer sana, es la preparación previa, fundamental para que llegue a buen término.

El primer paso fue asegurarnos de que mi Miguel no portara el mismo gen recesivo responsable de mi enfermedad, mediante un estudio genético. Si él también hubiera sido portador (por suerte no lo era), habríamos tenido que recurrir a fecundación in vitro con diagnóstico genético preimplantacional, un proceso que permite analizar los embriones antes de implantarlos y seleccionar aquellos que no presentan la enfermedad.

A continuación, ya con el resultado positivo, llegó el momento de cambiar la medicación: algunos fármacos deben suspenderse antes del embarazo (tu nefrólogo te indicará cómo proceder en tu caso concreto, no modifiques tu pauta de tratamiento sin consultarlo). Este cambio llevó un tiempo de seguridad —no lo recuerdo con exactitud, pero aproximadamente 3 meses— para que los nefrólogos se aseguraran de que todo estaba en orden.

A partir de aquí, y con el visto bueno de los médicos para empezar la aventura, llegó la noticia. Al mes de intentarlo me quedé embarazada. ¡Mi cuerpo podía crear vida!

De los siguientes 9 meses, lo que más recuerdo son tres palabras: «EMBARAZO DE RIESGO». Me lo repitieron hasta la saciedad en cada consulta y os aseguro que fueron muchas, porque por nuestra condición de trasplantadas, a las ya habituales consultas para una mujer embarazada, se suman otro montón para cuidarnos en esta etapa.

Mi embarazo fue completamente normal hasta el tercer trimestre. Ni un vómito, ni un susto; el riñón estable en cada control, pude seguir entrenando a diario (soy entrenadora personal y hago deporte 6 días a la semana), la bebé estaba perfecta y yo me encontraba fenomenal.

Justo en la recta final (semana 31) apareció uno de los riesgos de los que ya nos habían hablado desde el principio: el parto prematuro. Me puse de parto antes de tiempo, pero el increíble equipo médico del Hospital 12 de Octubre consiguió frenarlo. Tras cuatro días de ingreso lograron detener las contracciones y todo volvió a su cauce, permitiendo que el embarazo continuara sin más complicaciones hasta la semana 37, donde, ahora sí, la pequeña Nina decidió que era hora de venir al mundo en un parto natural, precioso, sufrido y disfrutado. No me resigné cuando escuché la palabra «cesárea programada». Luché y me preparé para un parto natural. Sabía y confiaba en mi cuerpo, preparado para parir. Y así fue. Mi cuerpo sabía parir y mi bebé sabía nacer. Y así lo hicimos.

Si hay algo que estos 40 años me han enseñado es que el cuerpo humano es poderoso, maravilloso y sorprendente. Nina existe porque hubo médicos que dijeron «vamos a por ello», porque hubo una hermana que me dio un riñón y una vida nueva, y porque yo decidí escuchar más fuerte la esperanza que el miedo. La vida siempre se abre paso de una u otra manera.

1. Paciente trasplantada de riñón.

21306 – Abril 2026