Autora: Bárbara Romano1
El trasplante se considera la opción terapéutica idónea y la primera opción que se les propone a las personas con enfermedad renal crónica cuando este es posible. En líneas generales, aumenta la calidad de vida porque el nuevo órgano cumple con la función que los riñones nativos –o de origen– no podían realizar. Sin embargo, también puede estar asociado con un mayor riesgo a desarrollar diabetes y obesidad, lo que influye negativamente en el día a día del trasplantado.
Tampoco podemos olvidar que el 23% de las personas trasplantadas tienen diabetes y el 10-19% obesidad antes de trasplantarse. Afortunadamente, la alimentación es capaz de influir y jugar un papel crucial para el éxito del trasplante a corto y largo plazo, junto con el cumplimiento del tratamiento médico pautado y otros hábitos saludables, como hacer ejercicio físico y evitar sustancias tóxicas como el tabaco o el alcohol. Aquí nos centraremos en su manejo dietético-nutricional para conseguir los mejores resultados.
La alimentación
es clave para
el éxito del
trasplante
a corto
y largo plazo
Obesidad y trasplante renal
El aumento de peso es un cambio relativamente frecuente. Se estima que un 36% de los trasplantados puede aumentar de peso y esto tiene múltiples causas: la liberalización de la dieta después de un periodo más o menos largo con restricciones dietéticas, un mejor estado físico y emocional y, no podemos olvidarlo, el efecto que tienen los inmunosupresores en el apetito y a nivel metabólico.

Es conocido el efecto que tiene el exceso de peso en el organismo, aumentando el riesgo de síndrome metabólico –un conjunto de afecciones como la hipertensión, el colesterol y el azúcar en sangre elevado–, y de riesgo cardiovascular. Si nos centramos en los efectos que tiene sobre un recién trasplantado, observamos que el riesgo de infecciones postquirúrgicas, rechazo agudo y dificultad de cicatrización aumentan. Al analizar los efectos a largo plazo, además del síndrome metabólico, se sumarían la posibilidad de fallo del órgano trasplantado, requiriendo de nuevo un tratamiento renal sustitutivo; y el riesgo de muerte, principalmente por causas cardiovasculares.
Algunas de estas alteraciones pueden ocurrir también en personas que no presentan exceso de peso, pero el riesgo cardiovascular de los que tienen obesidad aumenta exponencialmente frente a los que no. Por ello, es importante concienciar a la población para que mejoren su estilo de vida y conseguir así reducir las complicaciones asociadas a la obesidad.
Diabetes y trasplante renal
Tal y como acabamos de ver, la diabetes puede estar relacionada con un mal control metabólico secundario al exceso de peso, pero también puede aparecer sin ver cambios importantes en la báscula. Asimismo, puede estar presente antes del trasplante, pero cuando aparece posteriormente se conoce como diabetes postrasplante y la pueden presentar hasta un 20-30% de aquellas personas que hayan recibido un nuevo riñón.
Los factores de riesgo para desarrollar diabetes después del trasplante son variados, siendo algunos similares a los que presentan diabetes tipo 2, como la edad, el sexo o un estilo de vida poco saludable, pero otros van asociados al tratamiento, como ocurre con los inmunosupresores, que justifican el 75% de los casos de esta alteración metabólica. Como aspecto curioso, esta diabetes muestra los valores más elevados de glucemia –azúcar en sangre– por la tarde, pudiendo presentar números correctos a primera hora del día. Esto se debe a que los corticoesteroides, cuya finalidad es evitar el rechazo del nuevo órgano, muestran su efecto sobre la glucemia casi doce horas después de tomarlos.

Los riesgos de un mal control glucémico son múltiples y ninguno trivial, ya que, como ocurre con la obesidad, puede aumentar el riesgo de infecciones, dañar el injerto o provocar complicaciones cardiovasculares. Todo ello tiene un impacto en mayor o menor grado sobre la calidad de vida. Por todo ello es necesario cumplir con el tratamiento farmacológico que nos plantee el equipo médico y seguir unos hábitos alimentarios saludables que, combinados con actividad física y ejercicio, nos ayudarán a mantener unos valores de glucemia correctos.
Manejo dietético-nutricional
Como hemos visto anteriormente, estos aspectos, que pueden resultar peligrosos para la salud global y la supervivencia del injerto, pueden prevenirse o tratarse con una alimentación saludable. Un patrón alimentario que favorezca el buen control de estos factores prioriza el consumo de alimentos de origen vegetal, como las verduras y hortalizas, las frutas, las legumbres, los cereales integrales y los frutos secos, entre otros, para aportar energía y nutrientes saludables como hidratos de carbono complejos, grasas insaturadas, fibra, vitaminas, minerales y antioxidantes que hagan que nuestro organismo funcione adecuadamente. Esta base vegetal puede complementarse con alimentos de origen animal, siempre que se elijan piezas magras -con muy poca grasa- o que aporten grasas poliinsaturadas, como los ácidos grasos omega 3 que encontramos en el pescado azul, grasas que nuestro cuerpo no puede producir y que, en cantidades adecuadas, nos ayuda en la salud cardiovascular y, por lo tanto, favorecen nuestra salud global.
Un gran ejemplo sería la dieta mediterránea, que ha sido ampliamente estudiada y ha demostrado ser beneficiosa para la lucha contra múltiples enfermedades y su prevención. Al escoger alimentos de temporada y proximidad, estos no solo estarán más concentrados en nutrientes, también lo estarán en sabor y, por lo tanto, darán como resultado grandes platos tan sabrosos como saludables.
Aquí puedes ver una infografía sobre «Alimentación saludable en trasplante renal»
Por el contrario, una alimentación centrada en alimentos de origen animal, productos ultraprocesados, alimentos fritos, bollería, zumos y refrescos, aportará una alta proporción de grasas saturadas y azúcares, pero muy poca fibra y antioxidantes, favoreciendo así la presencia de las enfermedades que dañan a nuestro organismo, como la diabetes y la obesidad.
Conclusión
El trasplante renal es el tratamiento idóneo cuando está indicado y es posible realizarlo para la enfermedad renal crónica, pero puede presentar ciertos desafíos en algunas personas. Afortunadamente, estos son manejables y, por ello, es importante dar herramientas a la persona trasplantada para empoderarla en su autocuidado, transmitiéndole la influencia que tienen las pequeñas acciones del día a día. Sin duda, un planteamiento adecuado –antes, durante y después del trasplante–, un abordaje multidisciplinar que promueva la educación y el empoderamiento de las personas beneficiará la salud global, promoverá la vida del injerto y mejorará la calidad de vida de la persona trasplantada.
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1. Dietista-Nutricionista.
Hospital Clínic y Barnaclinic.